La verdad estructura, la mentira corrompe.

Esta frase me la dijo Manuel Seijo en nuestra primera sesión de trabajo juntos, en un proceso de coaching con un equipo de una multinacional especialmente complicado, como base y guía del trabajo que estábamos realizando. Tal vez por eso el resultado fue tan satisfactorio para todos y quizá, también por eso, casi quince años después, Manuel y yo seguimos trabajando juntos.

Vivimos en un mundo en el que mentir parece, muchas veces, una estrategia de supervivencia. Mentimos para evitar conflictos, para no herir, para encajar, para protegernos o incluso para proteger a otros. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre el precio interno que pagamos por ello.

Porque no es la mentira lo que más daño hace, sino el desorden que deja dentro. Cada vez que mentimos, a otros o a nosotros mismos, se rompe la coherencia interna, se diluye la confianza y aparece una sensación de vacío que muchas veces no sabemos explicar. Mentir te exige sostener versiones, soportar silencios y convivir con una tensión permanente.

Por el contrario, la verdad estructura.

Cuando decimos la verdad, dejamos de luchar contra nosotros mismos. No necesitamos justificar, maquillar o esconder. La verdad nos permite desarrollar coherencia interna que se traduce en calma, seguridad y claridad y en relaciones más seguras, más confiables y libres de culpa.

Decir lo que pensamos o sentimos de verdad, a veces supone exponernos, no encontrar aprobación o iniciar conversaciones difíciles. Y es que, en ocasiones justificamos la mentira: “para no generar problemas”, “para no herir”, “para evitar un mal mayor”.

Aunque creo que gran parte de los conflictos no nacen de decir la verdad, sino, más bien, por su ausencia. Evitar un conflicto hoy mediante una mentira suele significar postergarlo y hacerlo más grande mañana.

Decir la verdad no es ser desconsiderado, es ser responsable. El problema, casi siempre, no está en qué decimos, sino en cómo lo decimos. La clave es el respeto, la conciencia y la intención positiva. Mentir para no herir suele proteger más nuestra incomodidad que el bienestar del otro.

Y algo importante, no siempre mentimos de forma consciente, a veces repetimos relatos que nos contamos a nosotros mismos para no mirar de frente lo que duele. Por eso, decir la verdad empieza por un ejercicio interno de honestidad.

Y no es fácil, y claro que yo también me siento tentada, en muchas ocasiones, a mentir. A veces como una forma de evitar conflictos, otras para no tener que dar explicaciones o para sentirme aceptada y querida. Sin embargo, cada vez tengo más claro que ese camino me aleja de mí. Por eso estoy decidida a entrenar el hábito de decir la verdad, mi verdad, incluso cuando esta no sea cómoda.

Porque elegir la verdad es, en el fondo, elegir vivir alineados con quienes somos y con quien queremos ser.

Vivimos en una época fascinante, eso es indudable.

Tenemos más información que nunca, avances que hace apenas unas décadas eran impensables, acceso inmediato a casi cualquier contenido, herramientas que nos facilitan la vida y nos conectan con el mundo.

Y, sin embargo, parece que cada vez es más fácil desconectarnos de lo que sentimos y necesitamos.

Con la velocidad a la que nos movemos, la exigencia constante y esa sensación de que “si paras, te quedas atrás”, hemos aprendido a funcionar en modo automático. Nos levantamos, trabajamos, resolvemos, reaccionamos… pero pocas veces nos detenemos a sentir. A escucharnos. A estar.

En un mundo tan lleno de estímulos, la atención se dispersa, el cuerpo se tensa y la mente se llena de ruido. Y es ahí donde empezamos a perder el contacto más importante de todos: el contacto con nosotros mismos. Y, desde esa desconexión interior, no es fácil conectar con los demás.

Acabo de terminar mi formación como “Experta en Mindfulness y Bienestar Emocional”, y si algo me ha reafirmado esta formación, es que la atención plena no es un ejercicio aislado ni una técnica puntual. Es una forma de volver a casa. Una manera de ejercitar nuestra presencia y nuestra calma interior en medio de tanta prisa.

El Mindfulness nos recuerda que vivir no es correr, no es llegar a ningún lugar. Vivir es estar.

Y sé lo difícil que puede ser empezar… y lo profundamente transformador que es continuar.

Yo empecé a meditar hace unos 15 años y, al principio, me generaba mucha ansiedad la idea de quedarme ahí sentada, quieta, sin hacer nada, con la sensación de que estaba “perdiendo el tiempo” mientras tenía mil cosas que hacer. “¿De qué me sirve esto? ¿Cómo me va a ayudar parar si lo que necesito es llegar a todo?”

Pero, curiosamente, fue justo en esa incomodidad donde empezó a ocurrir algo importante, justo ahí empecé a escuchar una vocecita, esa que no viene de la cabeza, sino de las tripas, que me decía: “Quédate. Esto te va a ayudar. Ya te está ayudando.”

Y tenía razón. Ese fue el inicio de una relación más amable conmigo misma, el comienzo de una mayor presencia, el principio de mi bienestar emocional, de confiar más en mis tripas y dudar más de lo que me dice mi cabeza.

El Mindfulness nos permite hacer algo que a veces olvidamos: vivir el momento presente con conciencia, con curiosidad y sin juicio, escuchar nuestro cuerpo antes de que grite, reconocer nuestras emociones antes de que nos arrastren, detener el piloto automático que consume energía y bienestar, recuperar la capacidad de disfrutar lo cotidiano, relacionarnos de forma más auténtica.

En un mundo que nos pide velocidad, productividad y multitarea, detenernos parece un acto raro. Pero en realidad es un acto de valentía.

El Mindfulness nos permite recuperar nuestra capacidad de estar presentes, de sentir, de conectar, de elegir, de vivir…  porque cuando volvemos a nosotros, todo se recoloca.

Y quizás, en este mundo cambiante y acelerado, esta sea la revolución más necesaria.

En muchas empresas se piensa en trabajar con el equipo cuando ya hay problemas: conflictos, falta de motivación, comunicación deficiente… Como si el desarrollo del equipo fuera el último recurso, cuando todo empieza a fallar.

Error.

Esperar a que los síntomas sean evidentes es como llevar tu coche al taller solo cuando deja de arrancar. Sería absurdo, ¿verdad? Pues eso mismo pasa con muchos equipos: se espera a que el problema sea grave antes de intervenir. Y ahí, el coste a todos los niveles es mucho mayor.

¿Por qué no actuar antes y fortalecer al equipo de manera preventiva?

Un equipo saludable es un equipo que rinde, que crece y que afronta los retos con mayor resiliencia y positividad. Y para mantenerlo en forma, es clave saber qué necesita en cada momento.

¿Cómo saber qué necesita mi equipo?

Si no tienes claro por dónde empezar, te dejo tres claves básicas para hacer un diagnóstico sencillo pero efectivo:

1.- Observa. Presta atención a cómo funciona el equipo en el día a día: ¿colaboran o cada uno va por su cuenta? ¿se comunican de forma clara y efectiva o hay malentendidos constantes? ¿se percibe tensión, falta de confianza y mal ambiente? ¿ los roles y responsabilidades están claros o hay caos? ¿cómo se resuelven los problemas y se toman las decisiones?

2.- Pregunta directamente. No supongas, pregúntales a ellos. ¿cómo piensas que es la comunicación del equipo? ¿tienes claro tu rol y el del resto del equipo? ¿qué necesitarías para seguir avanzando? ¿te sientes escuchado y valorado en tu equipo?

3.- Analiza los resultados. A veces las señales están en los números. ¿se están cumpliendo objetivos? ¿hay demasiados errores? ¿se adaptan bien a los cambios o hay resistencia? ¿los clientes y colaboradores perciben malestar o falta de cohesión?

Y ahora ¿qué hacemos?

Una vez que tenemos una idea de las necesidades de nuestro equipo, te sugiero seguir alguno de estos caminos:

Coaching Ejecutivo.

Es un proceso de acompañamiento. Se basa en preguntas poderosas, escucha activa y feedback para que el equipo encuentre sus propias respuestas. No enseña ni da soluciones, sino que facilita el crecimiento desde dentro.

Formación

Aquí hablamos de transmitir conocimientos y desarrollar habilidades específicas a través de cursos, talleres o programas estructurados.  A mí me gusta incluir metodologías activas como role-playing, simulaciones o casos prácticos.

Team Building

Puede ir desde dinámicas en sala hasta experiencias al aire libre. Su impacto suele ser más emocional y temporal por lo que es más difícil generar cambios sostenibles. Ejemplos: gamificación, escape rooms, gymkanas, actividades en la naturaleza…

¿Cuándo utilizarlos?

No hay una respuesta única, pero en base a mi experiencia y en función de lo detectado, yo recomendaría:

 Coaching de Equipos:

  • Falta de alineación en la visión o los objetivos del equipo, avance insuficiente.
  • Comunicación deficiente o baja confianza entre los miembros.
  • Escaso liderazgo o roles poco claros.

Formación:

  • Falta de conocimientos o habilidades.
  • Cambios en la empresa que requieren adaptación (nuevas herramientas, procesos, metodologías).
  • Errores o falta de eficiencia debidos al desconocimiento.

Team Building:

  • Para equipos nuevos que necesitan romper el hielo y conocerse mejor.
  • Falta de motivación debido a la rutina o necesidad de salir de la monotonía.
  • Celebración de logros.

Aunque lo ideal en muchos casos es combinarlos, hay que tener en cuenta:

El impacto del Team Building es más superficial que el del Coaching de Equipos ya que el primero puede mejorar temporalmente la relación, pero, al no trabajar las dinámicas relacionales y los problemas reales como hace el Coaching de Equipos, no se modifican patrones de comportamiento por lo que, seguramente, los problemas vuelvan a surgir.

El Coaching de Equipos permite hablar abiertamente de lo que ocurre, aplicando herramientas para mejorar la relación y reducir la tensión en el caso del Team Building, al evitar abordar los problemas de manera directa, puede generar frustración en algunos participantes.

En el Team Building, por lo general, no hay seguimiento ni evaluación, al contrario de en el Coaching de Equipos, en el que se pueden ajustar estrategias y consolidar mejoras.

En definitiva, el desarrollo de un equipo no es cuestión de apagar fuegos, sino de mantenerlo fuerte antes de que aparezcan los incendios. Y cuanto antes actúes, más impacto positivo tendrás.

¿Qué primer paso vas a dar hoy para fortalecer a tu equipo?

En una relación sin límites, sea del tipo que sea, nadie sabe a qué atenerse. Es un terreno pantanoso donde todo vale… hasta que deja de valer. No hay reglas claras, no hay líneas que marquen hasta dónde sí y hasta dónde no. ¿El resultado? Confusión, frustración y, tarde o temprano, conflicto.

Lo curioso es que, aunque poner límites es una herramienta esencial para cuidarnos y cuidar al otro, nos sigue costando mucho. Nos da miedo incomodar, decepcionar o, peor aún, que nos rechacen. Por eso muchas veces callamos. O vamos acumulando pequeñas incomodidades hasta que, un día, estallamos. Y lo hacemos de la peor forma: con reproches, enfado, silencios o alejándonos sin explicaciones. Y eso, lejos de proteger la relación, la daña.

¿Por qué nos cuesta tanto?

Hay quien no sabe cuáles son sus propios límites. Hay quien los tiene claros, pero no se atreve a expresarlos. Hay quien no encuentra las palabras adecuadas para hacerlo sin culpa o sin miedo. Y también está quien antepone siempre el bienestar de los demás al suyo propio, olvidándose de sí mismo. Y, por supuesto, quien impone sus necesidades sin espacio para las del otro.

Poner límites es un acto de respeto mutuo

No es imponer ni exigir. Es explicarle al otro qué necesitamos para sentirnos bien en la relación. Y desde ahí, abrir el espacio para que la otra persona también pueda expresarse. Porque los límites no son un muro que nos separa, son puentes que nos ayudan a entendernos mejor y a construir relaciones más sinceras y equilibradas.

Decir lo que necesito no significa exigir que el otro lo cumpla. Significa compartirlo, para que juntos podamos encontrar un punto de encuentro. Hablar de límites es invitar al diálogo, no cerrarle la puerta al otro.

Los límites, cuando se expresan con respeto, acercan

Porque nadie puede adivinar lo que necesitamos si no lo decimos. Y cuando nos atrevemos a compartirlo, no solo nos cuidamos nosotros, también le damos al otro la oportunidad de cuidarnos mejor. Desde el respeto, desde la honestidad y, sobre todo, desde la amabilidad.

Porque las relaciones sanas no se encuentran, se crean.

Respetar y aceptar, aunque no siempre encajemos

A veces, nuestras necesidades y las de la otra persona encajan. Y otras veces, no. Y eso no nos convierte en enemigos. No hay que buscar culpables ni señalar al otro como «tóxico» o «egoísta». Hay personas que, simplemente, no encajan. Y saber reconocerlo también es una forma de cuidar la relación.

Igual de importante que respetar nuestros límites es aprender a no juzgar los de los demás. No tenemos por qué entenderlos, solo respetarlos. Y si lo que cada uno necesita es demasiado diferente, quizá lo más honesto sea tomar caminos distintos, sin juicios, sin resentimientos.

Conectar con lo que realmente nos hace bien

Eso sí, es importante que nos preguntemos si esos límites que queremos poner nacen de nuestro bienestar real o de miedos, heridas o inseguridades. A veces confundimos caprichos o inseguridades con límites, y ahí es donde conviene parar y preguntarnos: ¿esto que pido o me piden me hace bien de verdad? Poner límites sanos es un arte que requiere autoconocimiento y mucha honestidad con nosotros mismos.

¿Y cómo empiezo?

Cada vez que alguien te pide algo, antes de responder automáticamente, date un momento. Escucha, respira y pregúntate: ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Me hace bien? Solo entonces responde, con honestidad y con cariño. Practicar esa pausa es el primer paso para poner límites sin miedo y sin culpa.

Priorizarte también es cuidar al otro

A veces pensamos que poner límites es un acto egoísta. Pero es todo lo contrario. Cuidar de ti te permite ser más auténtico, más sincero y, por tanto, más generoso con el otro. Desde tu bienestar puedes construir relaciones más sanas, más honestas y más duraderas.

Poner límites es un aprendizaje

Es normal que al principio cueste, que nos tiemble la voz o que dudemos si estamos haciendo lo correcto. Pero cada vez que te atreves a expresar cómo te sientes, te haces un poco más fuerte y un poco más libre. Y cada pequeño límite puesto con respeto, refuerza tu autoestima y también tus relaciones.

Porque se trata de entendernos mejor

Poner límites desde la amabilidad es un acto de amor propio y de respeto hacia el otro. Nos permite cuidar nuestras relaciones, sin perder nuestra esencia. Y eso es un regalo para nosotros y para quienes queremos.

Y tú, ¿qué límite podrías poner hoy para cuidarte un poco más?

En las relaciones, ya sean profesionales, de amistad o de pareja, hay algo fundamental: la comunicación. No es fácil abrirse y mostrar lo que realmente sentimos. Ser vulnerable y expresar nuestras emociones, especialmente cuando son incómodas, requiere valentía. Sin embargo, lo que a veces encontramos al compartir nuestro sentir, no es la comprensión que esperábamos y, en su lugar, recibimos reproches, negaciones o culpabilizaciones.

Y es que, cuando alguien hace el esfuerzo de abrirse y comunicar lo que siente, merece que su emoción sea tratada con respeto, no con juicio ni con resistencia.

La base de cualquier relación sana es la confianza y la comunicación. Sin estas, es difícil avanzar. Y cuando alguien expresa que algo le ha molestado, herido o simplemente no le gusta, no deberíamos reaccionar, sino intentar crear un espacio en el que podamos comprendernos mejor.

En lugar de cuestionar o restar importancia a esas emociones, la respuesta adecuada podría ser algo como: ¿Quieres que lo hablemos y veamos qué podemos hacer para que no te sientas así? Lamento que te hayas sentido así, intentaré que no vuelva a ocurrir. Ayúdame a entender qué has sentido o visto tú que yo no he percibido. Gracias por decirme cómo te sientes, ¿Qué piensas que podemos hacer para mejorar nuestra relación?

Porque la verdadera responsabilidad afectiva no radica solo en lo que sentimos, sino en cómo respondemos a las emociones del otro.

Una relación solo puede avanzar cuando ambos se sienten escuchados y respetados. Cuando la confianza se nutre de la honestidad, de la capacidad para ser vulnerables sin miedo al juicio. Cuando somos capaces de perdonar, de superar los conflictos con empatía, sin reproches, y de seguir adelante con cariño y respeto.

Al final, la comunicación abierta y sincera es lo que permite que la relación crezca. Y ser sinceros no significa ser crueles. Ser sinceros implica respetar los sentimientos del otro, incluso cuando no estamos de acuerdo, porque lo importante es que las emociones se compartan y se validen.

Y no es fácil. Esta es la teoría, pero la práctica es otro cantar. Yo no siempre consigo tener la respuesta empática que me gustaría en el momento exacto, y a veces me cuesta mantener la calma o no reaccionar a la defensiva. Pero sé que este es el camino. Que hay que trabajar otras habilidades, como la paciencia, la escucha profunda y la autorregulación emocional, para poder responder de la mejor manera. Y aunque, no siempre lo consigo, cada intento me acerca un poco más a la forma de relacionarme que quiero, relaciones basadas en la comprensión, la confianza y el respeto mutuo.

El miedo nos acompaña siempre. Es esa voz que nos susurra dudas, que nos hace dar un paso atrás cuando queremos avanzar. Pero el miedo no es el enemigo. En realidad, solo intenta protegernos, aunque a veces lo haga de una forma que nos limita más de lo que nos cuida.

La semana pasada participé en el Congreso Online ¿Hablamos de miedo? con una charla, «El arte de domar al miedo” que fue una maravillosa oportunidad para reflexionar sobre esta potentísima emoción y en la que compartí mi propia relación con el miedo y cómo he aprendido a mirarlo con más comprensión, menos lucha y mucho más amor. Porque cuando dejamos de pelear contra él y aprendemos a escucharlo, algo cambia profundamente.

Después de años trabajando con personas que buscan mejorar personal y profesionalmente, he visto que hay algunos miedos que se repiten una y otra vez. Quizá te suenen:

 Miedo a equivocarnos. Como si fallar significara que no somos válidos. Como si el error no fuera, en realidad, una puerta abierta a nuevas posibilidades.

Miedo a no estar a la altura. Esa sensación de que hay algo que aún nos falta, que deberíamos ser más, saber más, demostrar más. Pero,¿y todo lo que hemos superado, avanzado y crecido hasta llegar aquí?

Miedo a no ser suficiente – Un miedo profundo que nos hace exigirnos más y más, sin permitirnos descansar en la certeza de que no somos valiosos por lo que hacemos, sino por lo que somos.

No se trata de vencer el miedo, sino de cambiar nuestra relación con él. Algunas ideas que a mí me ayudan:

Míralo con amor. En lugar de luchar contra el miedo, dale las gracias. Está ahí para cuidarte. Solo necesita que le enseñes que ahora tú tienes el control.

Atrévete a dar el paso, aunque el miedo te acompañe. La valentía no es ausencia de miedo, sino la decisión de avanzar a pesar de él. Y créeme, cuando das el primer paso, el miedo se hace más pequeño.

Cambia la conversación interna. No creas todo lo que tu miedo te dice. Pregúntate: ¿esto es realmente cierto? A menudo, el miedo nos cuenta historias que no son verdad.

Si quieres saber más, puedes ver mi charla completa en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=2Uzzkh3RXBc

Y tú, ¿Qué conversación tienes con tu miedo? Me encantará leerte.

#Miedo #Superación #DesarrolloPersonal #Confianza #HablamosDeMiedo

De todas las habilidades que he cultivado como coach, la escucha ha sido, sin duda, la más difícil y también la más transformadora. La escucha es la piedra angular de la comunicación, y en el mundo del coaching, es mucho más que simplemente prestar atención.

Un error común es pensar que el coach está ahí para darte soluciones, consejos o incluso para arreglar tus problemas. El coaching no trata de dar respuestas; trata de preguntas poderosas y de una escucha atenta y profunda.

Puede sonar sencillo, pero escuchar, realmente escuchar, es algo a lo que pocos estamos acostumbrados. Escuchamos para responder, no para comprender. Escuchamos mientras nuestra mente ya está elaborando una solución, una opinión o un consejo. Es lo que hacemos cuando un amigo nos comparte un problema: nos preparamos para intervenir, para decir lo que haríamos en su lugar.

Pero la verdadera magia del coaching radica en escuchar sin esa urgencia de resolver, en estar presentes y abiertos, sin juicios. Como coaches, escuchamos lo que el cliente dice, pero también lo que no dice. Detectamos las contradicciones, las palabras que se repiten como mantras y leemos entre líneas. Captamos las emociones detrás de las palabras: el entusiasmo, el miedo, la duda. Observamos el lenguaje corporal, las tensiones que hablan por sí solas, la relajación que aparece cuando algo hace clic.

Y, lo más importante, no escuchamos para intervenir, sino para reflejar. Como un espejo, devolvemos al cliente lo que hemos captado, sin adornos ni interpretaciones, con el fin de que él mismo vea algo nuevo, algo que quizás había pasado por alto. Esto le permite conectar con nuevas perspectivas, recursos y acciones que le acercan a sus objetivos.

Escuchar es un acto de profunda presencia. Requiere una actitud de apertura total y la capacidad de crear un espacio seguro, donde el cliente se sienta respetado, libre de interrupciones y realmente escuchado. Es en ese silencio cargado de atención y sin prisas donde se produce la verdadera transformación. Porque cuando alguien se siente genuinamente escuchado, algo en su interior se transforma, se expande… y es ahí, en ese espacio, donde empiezan a generarse los cambios.

Durante gran parte de mi vida he sentido el conflicto como algo negativo y cuando discutía, lo vivía con tensión y, en la mayoría de las ocasiones, con enfado.

Sin embargo, ahora lo entiendo como natural en todas las relaciones humanas, como algo que, bien gestionado, es sano, porque nos ayuda a crecer, ya que el desarrollo de habilidades, el entendimiento del otro y la aportación de ideas, en la mayoría de las ocasiones, surgen de los conflictos.

Ya no intento por todos los medios evitar las situaciones conflictivas sino que respiro profundamente, me hago vulnerable y las afronto. Intento buscar las causas del desencuentro, analizar lo más objetivamente que puedo la situación, tanto desde una perspectiva racional como emocional, procuro empatizar y comprender la postura del otro o los otros y, desde ahí, trato de aportar posibles soluciones. Por supuesto que no siempre consigo mantener la calma necesaria, pero si me enorgullezco de los avances que he conseguido desde que me propuse gestionar el conflicto con más conciencia.

Nos enfrentamos con otros porque nos cuesta llegar a acuerdos y esto nos genera incertidumbre, duda y enfado y no vemos la discusión como un punto de partida del que poder aprender y crecer o como una oportunidad para avanzar en la relación.

Y si en todos los ámbitos de la vida existen roces, diferencias y choques, la empresa, no es una excepción. Además de las provocadas por las diferencias en perspectivas, actitudes o estilos de comunicación, en el entorno organizacional, se suman aspectos como un exceso de carga de trabajo, la competitividad, las desigualdades, los distintos niveles de compromiso, la falta de liderazgo, etc.

Como en otros contextos, los conflictos en la empresa se superan con una buena comunicación, actitud abierta, predisposición a resolver el problema y evitando el juicio, las acusaciones y las actitudes defensivas.

Y muy importante: no tomarlo como algo personal. El departamento de marketing y financiero pueden tener objetivos distintos y eso hace que surjan conflictos que nada tienen que ver con las personas implicadas. Es frecuente que proyectemos nuestros miedos, frustraciones y diferencias en el rol (responsable de otro departamento, dirección, e incluso madre o padre) sin que tengamos nada en contra de esa persona, ya que, a menudo, el conflicto es más de roles que de personas.

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta la máxima de que si el 10% de los conflictos se deben a una diferencia de opinión, el 90% de ellos ocurren por un tono de voz equivocado.

He de confesar que cuando empecé mi formación en coaching, no confiaba al cien por cien en la efectividad de sus resultados. No entendía muy bien el proceso y cómo alguien que no era experto en un área concreta, podría estar capacitado para ayudar a conseguir unos objetivos a otra persona o, en mi caso, empresa o directivo.

No obstante, me decidí a iniciarme en este mundo como parte de mi formación como directiva y supongo que también por curiosidad, por conocer más a fondo esta nueva tendencia de la que todo el mundo hablaba como algo eficaz para el desarrollo de personas.

Aunque la formación me fascinó, fueron las prácticas que tuve que hacer para la obtención del título lo me convenció de la efectividad de este método y cómo conduce a cambios significativos y duraderos.

En un proceso de coaching, el protagonista, el auténtico responsable del proceso es el cliente: él es el que se conoce, conoce sus recursos, su disposición y su compromiso. El coach se centra en a ayudar al cliente a pensar por sí mismo, a encontrar las respuestas a sus preguntas, a descubrir su potencial  y a actuar. Y aunque pueda parecerlo, te aseguro que eso no lo hace cualquiera.

El coaching ayuda principalmente a aquellos que necesitan clarificar lo que realmente desean, a aquellas personas que no están satisfechas con algún aspecto de su vida personal o profesional, empresas que no están obteniendo los resultados deseados o que, sabiendo lo que quieren, no saben cómo lograrlo.

Y todo ello, en torno a la mejor y más antigua de las herramientas para el conocimiento: la pregunta. Estas nos hacen pararnos a pensar, nos obligan a tomar conciencia, a reflexionar, a descubrir nuestro verdadero potencial.  Todas las respuestas  están dentro de cada uno y todo el potencial para llevar a cabo nuestros propósitos, también.

Porque no debemos olvidar que aunque entre las herramientas de un coach se encuentran algunas muy novedosas como la Programación Neurolingüística o la Neurociencia, el coaching tiene raíces muy antiguas ya que, podríamos decir, que Sócrates, Platón y Aristóteles han sido las grandes influencias del coaching.

Una vez situados y con los objetivos claros, el cliente establece un plan de acción.  En esta fase,  el coach estará muy cerca  para ayudar a superar las dificultades que suelen aparecer en la puesta en práctica, desarrollar la confianza en uno mismo y  para activar la voluntad, seguridad y perseverancia necesaria para conseguir el/los objetivo/s.

Porque el coaching es reflexión pero, sobre todo, el coaching es acción. La reflexión no sirve de nada si no se pone en práctica aquello de lo que el cliente ha tomado consciencia, ha asumido capacidad de actuación y se ha hecho responsable.

Y un punto importantísimo, la elección del coach: en un proceso tan personal como este, la elección de la persona que te va a acompañar es de vital importancia. En primer lugar,  es importante su formación y experiencia para lo que recomiendo que el cliente compruebe que el coach está certificado en alguna de las asociaciones de coaching que existen en España. Pero no debemos olvidar la importancia de que, desde el primer momento, esa persona te transmita confianza, energía, compromiso y detectes una vocación sincera por ayudarte a que seas el único protagonista de tus éxitos. Así mismo, el coach debe ser lo más honesto posible y no comprometerse en ningún proceso con el que realmente no se sienta implicado o capacitado al cien por cien.

 

Algunas veces tengo la sensación de que la única mirada que podemos tener para adaptarnos a este mundo que nos exige, que nos genera necesidades, que nos empuja a la tecnología desmedida, que no nos deja espacio para ser, es hacia el futuro.

Sin embargo, si miramos hacia atrás y repasamos desde la literatura de los preclásicos hasta hoy, comprobaremos que la esencia del ser humano no ha cambiado tanto. Las pasiones, deseos, frustraciones, ambiciones y miedos de hoy, siguen siendo muy parecidas a las de nuestros antepasados.

Por eso, con frecuencia, busco inspiración en el pasado que me ayude a tener una perspectiva más humana del futuro.

Y una de mis mayores fuentes es Shakespeare. Y es que la belleza y sabiduría que contienen sus obras, lo hacen merecedor de su fama mundial.

Pero además, las obras de Shakespeare proporcionan importantes pistas sobre la gestión moderna. Los dilemas de los reyes y príncipes antiguos ofrecen perspectiva sobre los desafíos que enfrentan los directivos en el siglo XXI. »Henry V » es un caso de estudio sobre liderazgo y cómo crear lealtad. » The Tempest » ofrece un modelo sobre cómo gestionar el cambio. »Julio César» brinda una lección sobre cómo construir un equipo.

Cuando Henry V hace su famoso discurso en vísperas de la batalla de Azincourt, enfrenta un dilema familiar para muchos dirigentes: cómo persuadir a los trabajadores y mandos intermedios desconfiados a entrar en la batalla contra competidores de primer nivel y poner sus vidas o, en el mundo de hoy, sus trabajos en juego.

Explorar los personajes creados por Shakespeare, puede ayudar a los directivos del siglo XXI a desempeñarse mejor, en parte, porque les da una nueva perspectiva de sus desafíos, lo que les ayuda a replantear su respuesta a lo que ocurre.

La otra razón, es que proporciona una narrativa que ayuda a comunicarse de manera más efectiva. Como observó otro dramaturgo, G. B. Shaw, «El problema de la comunicación es la ilusión de que se ha producido» y es que, la mayoría de las empresas generan un gran volumen de comunicación interna y externa sin saber si se ha recibido o entendido.

Todos compartimos el mismo modelo en forma de arquetipos que nos ayudan a entender y explica el mundo en el que vivimos y, explorando esos arquetipos en las obras de Shakespeare, los líderes corporativos pueden mejorar sus competencias básicas.

Además, las obras del Bardo se pueden usar para mejorar el rendimiento de los equipos y organizaciones. Prestigiosas Universidades como Harvard utilizan obras de Shakespeare para ayudar a sus alumnos de MBA´s en cuestiones como management, liderazgo, inteligencia emocional etc.

Así mismo, la Universidad de Málaga, ha abierto una línea de investigación sobre el estudio de las obras de Shakespeare y el teatro de su época para el asesoramiento y formación de ejecutivos.

Por puro placer y también para mejorar tus competencias personales y profesionales, te invito a leer alguna de las obras de Shakespeare, ya me contarás.