La verdad estructura, la mentira corrompe.

La verdad estructura, la mentira corrompe.

Esta frase me la dijo Manuel Seijo en nuestra primera sesión de trabajo juntos, en un proceso de coaching con un equipo de una multinacional especialmente complicado, como base y guía del trabajo que estábamos realizando. Tal vez por eso el resultado fue tan satisfactorio para todos y quizá, también por eso, casi quince años después, Manuel y yo seguimos trabajando juntos.

Vivimos en un mundo en el que mentir parece, muchas veces, una estrategia de supervivencia. Mentimos para evitar conflictos, para no herir, para encajar, para protegernos o incluso para proteger a otros. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre el precio interno que pagamos por ello.

Porque no es la mentira lo que más daño hace, sino el desorden que deja dentro. Cada vez que mentimos, a otros o a nosotros mismos, se rompe la coherencia interna, se diluye la confianza y aparece una sensación de vacío que muchas veces no sabemos explicar. Mentir te exige sostener versiones, soportar silencios y convivir con una tensión permanente.

Por el contrario, la verdad estructura.

Cuando decimos la verdad, dejamos de luchar contra nosotros mismos. No necesitamos justificar, maquillar o esconder. La verdad nos permite desarrollar coherencia interna que se traduce en calma, seguridad y claridad y en relaciones más seguras, más confiables y libres de culpa.

Decir lo que pensamos o sentimos de verdad, a veces supone exponernos, no encontrar aprobación o iniciar conversaciones difíciles. Y es que, en ocasiones justificamos la mentira: “para no generar problemas”, “para no herir”, “para evitar un mal mayor”.

Aunque creo que gran parte de los conflictos no nacen de decir la verdad, sino, más bien, por su ausencia. Evitar un conflicto hoy mediante una mentira suele significar postergarlo y hacerlo más grande mañana.

Decir la verdad no es ser desconsiderado, es ser responsable. El problema, casi siempre, no está en qué decimos, sino en cómo lo decimos. La clave es el respeto, la conciencia y la intención positiva. Mentir para no herir suele proteger más nuestra incomodidad que el bienestar del otro.

Y algo importante, no siempre mentimos de forma consciente, a veces repetimos relatos que nos contamos a nosotros mismos para no mirar de frente lo que duele. Por eso, decir la verdad empieza por un ejercicio interno de honestidad.

Y no es fácil, y claro que yo también me siento tentada, en muchas ocasiones, a mentir. A veces como una forma de evitar conflictos, otras para no tener que dar explicaciones o para sentirme aceptada y querida. Sin embargo, cada vez tengo más claro que ese camino me aleja de mí. Por eso estoy decidida a entrenar el hábito de decir la verdad, mi verdad, incluso cuando esta no sea cómoda.

Porque elegir la verdad es, en el fondo, elegir vivir alineados con quienes somos y con quien queremos ser.

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